Una familia que no vemos



Sonia Ramos Baldárrago

Don Eduardo Castro Suárez llegó a Arequipa de la ciudad de los nevados: Ancash. De estatura baja pero de análisis alto. Contradicciones de la vida. Habló y yo no entendía nada. -¡Ignorante!, me dije. Mencionó la salja mama o puna, que significa alta montaña, ahí donde existe la vida silvestre. Zona sagrada de las vicuñas. Señaló al puquial, donde está el origen de la vida y donde existen pececillos que nadan por sus venas.

Fue suficiente una gráfica para los presentes. Veíamos dibujos a plumones. Diferenciaba la montaña, el ganado y sus puquiales. Los dibujos parecían hechos por niños, pero fueron las manos de los adultos que se resisten a la esclavitud del silencio. Debo confesar que don Eduardo tuvo el poder de hacerme entender la gran familia que por fuera tenemos.

-Somos hombres andinos. La montaña es nuestra familia que conversa con nosotros, dijo. Yo le creí.

Contó que cuando pastan a sus vicuñas o su ganado deben proteger a la morada de los Apus: la montaña. Deben amar a sus puquiales, al viento, a la tierra porque viven gracias a ellos. Los reconocen como personas y por eso les hablan en la mañana, tarde y noche contándoles sus penas, sus confidencias y sueños que no se agotan luego que desde sus frentes cae un frio sudor al término de su jornada
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