"Mamá, papá no quiero estudiar"



Lic. Sonia Ramos Baldárrago
Comunicadora Social y Periodista
Noviembre 2009

Nacen, crecen y no quieren irse de su caserío. Se resisten a desprenderse de un pedazo de tierra. De un día que empieza a las cinco de la mañana y termina cuando el Sol se pierde por debajo de sus frondosos árboles.

Se dicen asi mismos: “el domingo ya se acabó y ahora viene el lunes”. Esto suena a un casi eterno vacío. No hay proyectos. Menos sueños.

El caserío La Angostura ubicado en la zona de Amortiguamiento (al límite) del Parque Nacional Cerros de Amotape en Tumbes es de clima cálido y así la bondad de las veinte familias que llegaron de la serranía de Piura para quedarse en casitas de quincha, barro y caña.

En este caserío los primeros que saludan son los niños. Nelson Mauriola de cuatro añitos se esconde tras su madre, doña Ludovina Carhuapoma. Su hermanito David de seis añitos apenas me mira y Viljacson el hermanito intermedio de la familia se anima a preguntar mi nombre. Finalmente la pequeña Zuri de siete añitos me dice “hola”.

En La Angostura todo se ve. Se ve la valentía de Nelson, David y Zuri correteando por sobre los bordes de las chacras de plátanos, de mangos y la ciruelas con sus pies calatos. Se ve tantos niños como jóvenes cuando llega la cinco de la tarde y el calor ya no chicotea.

Entonces también los adultos se asoman en sus varandas de caña gruesa y gastada. Observo y don Bartolo, el padre de los pequeños a quien primero conocí parece amigable. Entramos en confianza y charlamos sobre la educación de los niños.

Por una extraña razón pedí que Nelson me enseñara su cuaderno. Me lo trajo y sin temor reconocía señalando con sus diminutos dedos las fiuguritas que su profesora le pego con sellos en su cuaderno.

La emoción duró poco. La explicación de don Bartolo lo opacó cuando me dijo: - Nadie estudia. Los chicos prefieren tirar lampa. Sudar y tomar agua del rio. Comer la fruta trepados en las huabas, mangos o ciruelos. La mayoría termina sólo la primaria. Viljacson y otro chico son los únicos que caminan dos horas. A ese tiempo esta el pueblito de Cabuyal y ahí está la institución educativa de nivel secundario.

Durante la charla me doy cuenta que son las 4:30 de la tarde y frente a nosotros hay un terreno seco que lo hicieron su campo de futbol. Cuento más de quince muchachos y 10 niños. – don Bartolo ¿está seguro que nadie va al colegio? Vuelvo a preguntar.

– No, me dice.

Así lo decidieron. En algunos casos fueron los propios padres que en vez de hacerlos estudiantes de la ciencia los mandan a ser “burros para cargar leña”. Suena agresivo pero decidir este camino es decidir “ser realmente pobres”. Son aquellos que nacen para comer tierra y no se preparan en escuelas para trabjarla al doble.

Don Bartolo tiene la economía tan igual como sus vecinos. No le costó nada la fe en sus hijos. Siempre hay agua y pan sobre su mesa y siempre hay tiempo para preguntar ¿qué aprendiste hoy hijito?

Nelson a sus cuatro añitos acude al pre inicial sin zapatitos. Reconoce los colores, me cuenta los números, me deletrea las vocales y está aprendiendo el abecedario. David y Zuri están por el mismo camino. Don Bartolo sólo ocupa a sus hijos sábados y domingos, el resto de la semana es para el estudio.

Es cruel saber que mientras aumenta la población en los caseríos del Perú, aumenta el deseo propio de “no estudiar”. ¿Por falta de qué? ¿Acaso simplemente por callar y no decir que todo esto está pasando mientras sólo estamos atentos a las payasadas al estilo de una farándula vergonzosa de nuestro congreso?