Secuoyas: los superárboles


Publicado: Joel K. Bourne, Jr.
Autor: Joel K. Bourne, Jr.

(Fragmento extraído de: http://www.portaldelmedioambiente.com/articulos/7792/secuoyas_los_superarboles/)

Crecen hasta convertirse en los árboles más altos del planeta. Pueden producir madera, conservar la pureza del agua y proporcionar refugio a incontables especies que viven en los bosques. Siempre y cuando los dejemos.

Al caminar por las colinas de California, en un paraje que había sido talado y donde crecen secuoyas jóvenes, arbustos de escobón y roble venenoso, Mike Fay dio un traspié, resbaló y sintió un dolor punzante en el pie izquierdo. Llevaba ya cientos de biokilómetros recorridos en sandalias, así que tales afrentas a sus pies de 52 años no eran ninguna novedad. Pero esta era la madre de todas las astillas. Rebotó con un hueso, se alojó en un tendón y se negaba a salir. Finalmente, su compañera de recorrido, Lindsey Holm, tomó el trozo de madera con unas pinzas y logró sacarlo tras varios tirones fuertes. “Mis gritos se oían por todas las montañas –dijo Fay–. Fue una de las cosas más dolorosas que me han pasado”. Lo cual es mucho decir viniendo de un hombre que en cierta ocasión fue empitonado 16 veces por un elefante. Se vendó la herida, se echó la mochila al hombro y, como lo había hecho anteriormente, continuó su caminata, que ya llevaba tres meses.

Después de dedicarse a rescatar las selvas africanas durante tres décadas, Mike Fay, biólogo de Wildlife Conservation Society y explorador residente de National Geographic Society, ahora tiene secuoyas rojas en la sangre. Su obsesión con estos árboles nació unos años después de que concluyera el Megatransecto, su exploración al estilo Dr. Livingstone de la zona selvática intacta más grande que queda en África. Un día, mientras viajaba a lo largo de la costa norte de California, se percató de las grandes extensiones taladas y los troncos delgados característicos del crecimiento de vegetación secundaria. Otro día, en un parque estatal, un inmenso disco de madera que tenían en exhibición llamó su atención. Provenía del tronco de una vieja secuoya roja. En el centro había una leyenda que decía: “Cristóbal Colón, 1492”.

“La leyenda que más me afectó se encontraba como a unos ocho centímetros de la orilla –dijo Fay–. ‘Fiebre del Oro, 1849’. Y me di cuenta de que en los últimos centímetros de vida de este árbol habíamos aniquilado casi la totalidad de un bosque de 2 000 años de edad”.

Entonces, tomó la decisión de averiguar cómo se había explotado el bosque con los árboles más altos de la Tierra en el pasado y cómo se manejaba en el presente. Al recorrer esta mítica cordillera de California, desde Big Sur hasta la frontera con el estado de Oregon, esperaba descubrir cómo maximizar la producción de madera sin descuidar los beneficios ecológicos y sociales que proporcionan los bosques vivos. Si esto se pudiera lograr en los bosques de secuoyas rojas, pensó, se podría practicar en cualquier otra parte del planeta donde se talaran los bosques por ganancias a corto plazo.

Al igual que en el Megatransecto, junto con Holm, naturalista autodidacta originaria de esta zona del norte de California, tomó fotografías y apuntes detallados de su recorrido, el cual duró 11 meses. Elaboraron un registro exhaustivo de la vida silvestre, la vida vegetal y las condiciones de los bosques y ríos. Hablaron también con la gente relacionada con las secuoyas rojas: leñadores, silvicultores, biólogos, ambientalistas, dueños de cafés y ejecutivos de las madereras: con todos los que dependen de los bosques.
(...)