VÍDEO: QUEÑOA la madre de los andes - Parte Dos

Se cubre de corteza laminada de color rojizo. Se forman más de 3 capas sobre sus ramas. Es para abrigarse del intenso frío, tal vez cuando hay luna llena, a menos de 10 grados bajo cero, incluso mucho menos. Capaz de convivir y retar a la misma nieve.

Tiene la corteza frágil, pues al tocarla se produce un crujido, mientras se quiebra rápidamente. Sus hojas pequeñas, con bellos muy diminutos, enverdecen esos troncos que se tuercen caprichosos desde su base.  Esto parece marcar su dominio sobre otras especies de árboles. Algunas alcanzan 10 metros de altura, otras solo un metro o dos. Esta especie de árbol,  de la familia Rosaceae. creció protegiéndose, alejada de los humanos. Su hábitat está en medio de quebradas y lugares muy alejados de la cordillera de los andes.


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¿Cómo llegar? Es la pregunta de mi ansiedad nocturna. La decisión ya estaba tomada. Luego de visitar al distrito de Chiguata de la provincia de Arequipa, para iniciar las coordinaciones ya no había vuelta atrás. Huanca, el distrito de la provincia de Caylloma, se convirtió en el inicio de esta aventura para conocer la queñoa.     

Cuando las sogas reemplazan el timón, sólo hay que dejarse llevar. Cuando en lugar de tener un carro, hay un par de acémilas (animales de carga), hay que arriesgar.

Don Ciro Jácobo Flores, poblador de la comunidad campesina de Huanca, acepta salir en excursión hacia el bosque de queñoa. No es lo mismo hablar en un parque, en una casa, como hablar en un bosque. Sobre todo si nos esperan las queñoas. 

Bastó ver la  yegua que me tocaba montar, para mascarme los labios. Aparentando seguridad, subí ayudada por don Ciro Jácobo. Eran las 5:40 am. El tercer día en Huanca. Sólo debía decirle a la yagua ¡avanza! ¡vamos! o también ¡lazo!, cuando no quiera caminar. La soga en mano, era el timón. Mis flácidos brazos temblaban. Estaba hecha de nervios. Era mi primera vez. Mi primer bosque. Don Ciro iba por delante en el mulo. El macho para él. Y yo apenada por una yegua que además estaba premiada. 

Cuando imaginé que el camino era en circular por la montaña que se veía desde el pueblo, estaba lejos de la realidad. Andaba cual lenta sobre la yegua subiendo más y más. Las pendientes rectas amenazaban mi serenidad. Encontramos como tres riachuelos a la entrada de la montaña de Huanca. Los golpes del agua parecían mover la estabilidad de las patas de mi compañera yegua. El camino se inclinaba más. Las piedras grandes y huecos a cada 3 minutos, me obligaban a parar y decirle ¡para! ¡quieta!

Parece que se lo tomaba en serio, pues paraba y sólo cuando gritaba ¡lazo!, avanzaba. No sabía cómo ordenarle. Don Ciro Jácobo, se bajaba de su mula para remediar mi falta de experiencia. En el camino me contaba historias. Me sentí como niña. Me olvidaba mientras tanto de mi cobardía sobre la yegua. Escuché la historia del venado envidioso y de las brujas. Ya a una hora del camino, don Ciro me señala unos restos arqueológicos abandonados. Encima de una pendiente al frente de nuestro camino, se ve una construcción pre inca. Casi imposible creer cómo la construyeron allí y por qué.

A tres horas cabalgando, me convenzo que estoy corta de vista. Don Ciro que marca el camino, me grita que mire al ganado de ovejas. Por más que me esforcé no las veía, pero de pronto al margen del cerro las vi como hormigas. Eras más de 200. Nunca pude bajarme de la yegua, ni coger mi filmadora. Era la primera toma perdida.

En estos espacios silenciosos de la naturaleza convive el pastor con sus ovejas. Para tantos animales, es tan escasa la cobertura de pastos, que es razonable que la población haya migrado a otras zonas. Es entendible darse cuenta que estos animales llegan al bosque para sobrevivir con las plantas que encuentren.

Cuando ya teníamos casi 6 horas de caminata. Y esto debido a mi torpeza como jinete, don Ciro me dice: Cuando veo a un águila me pongo contento. Sé que me irá bien. Es su predicción. Pero cuando veo una perdiza (perdiz) será un día malo. A los 10 minutos que me dice esto, los cuatro perros que no sé de dónde salieron a nuestro alcance, ladran y de pronto vuela un ave del suelo. Parece una gallina y don Ciro cabeza baja me dice: es una perdiza.

Y ahora nos quedaremos por aquí nomás, se resigna. Y ¡sí! nos quedamos. Felizmente había pensado llegar al menos al inicio del bosque de queñoa de Huanca. Y así fue.

Lo primero que vemos son plantones pequeños. Es la falta de lluvia, dice don Ciro. Debajo de cada árbol crecen más de un plantón bebé, o llamado también brinsal.

Hay temas que me dejan pensando, como el deseo de don Ciro de querer reforestar al menos con 30 hectáreas en una etapa inicial. Su posición sobre el pastoreo de ganado como una mínima amenaza al bosque. Su frustración de no tener aliados. Su interés sin dinero de por medio para poblar sus montes de queñoa. Pero me admira que haya dicho por sí mismo que “la queñoa es patrimonio del Perú y de su comunidad”. Por este mensaje vale montar una yegua. Veamos el reportaje audiovisual, segunda parte.